[Layla]Las puertas automáticas de la sala de urgencias del Hospital Central se abrieron con un zumbido metálico, escupiendo un golpe de aire frío y un abrumador olor a cloro y desinfectante.Entré corriendo, casi tropezando con mis propios pies. Llevaba unos pantalones deportivos arrugados, el cabello hecho un nido de enredos y la cara lavada, manchada con los restos del rímel de la noche anterior. Ya no quedaba rastro de la mujer altiva que exigía trato VIP en las boutiques de lujo de Via Condotti. En ese momento, solo era una hija aterrorizada a punto de perder lo único puro que le quedaba en la vida.El vestíbulo era un caos absoluto. A pesar de ser casi las tres de la madrugada, la sala de espera estaba abarrotada. Bebés llorando, personas tosiendo, murmullos de dolor y enfermeras corriendo de un lado a otro.Mis ojos escanearon frenéticamente la multitud hasta que la vi.Mi madre estaba acurrucada en una de las incómodas sillas de plástico azul, abrazando su propio bolso, tembla
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