La cueva los recibió como siempre lo hacía: en calma absoluta. Ajena al caos del templo y la sangre derramada sobre piedra sagrada, Ronan no se detuvo al entrar, caminó con pasos firmes, aunque cada uno de ellos cargaba un peso que no residía en sus brazos, sino en el hueco que se había abierto en su pecho, Lyra permanecía inmóvil contra él, demasiado quieta y silenciosa. Su cabeza descansaba pesada sobre su hombro, el cabello oscuro enredado con la sangre seca que aún marcaba su rostro y cuello. El vestido claro que había llevado al ritual ahora era una ruina: tela pegajosa, endurecida por el carmesí oscuro de todo lo que habían perdido en aquel altar. El olor metálico de la sangre seguía ahí, persistente e insoportable, Ronan intentó ignorarlo y soportarlo, como había soportado siempre heridas, traiciones y batallas, pero esta vez dolía distinto. Era un dolor profundo, visceral, que se clavaba bajo en las costillas y no encontraba salida. Bajó los escalones naturales que condu
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