El tercero ya estaba dentro.
Un grito desgarrador, agudo y lleno de puro terror materno, atravesó las paredes del domo fracturado, Enzo se congeló.
Solo un segundo, pero fue suficiente para que el horror se grabara en su mente. La criatura emergió lentamente de la grieta, arrastrando su cuerpo retorcido y viscoso. Estaba cubierta de sangre. Demasiada sangre. Roja, brillante, todavía caliente. Gotas gruesas caían de sus garras y mandíbulas deformes, dejando un rastro carmesí sobre la piedra bl