Perspectiva de DominicEl segundero del reloj de pared de la clínica parecía martillear contra mis sienes. Tic, tac, tic, tac. Era el único sonido que competía con el respirador de Cloe. Me sentía agotado, con la espalda entumecida y los ojos ardiendo por la falta de sueño, pero no podía soltarla. Sentía que, si mi piel dejaba de tocar la suya, ella se perdería definitivamente en ese océano gris del coma.—Sé que te estás riendo de mí, nena —susurré, con la voz ya ronca de tanto hablarle al vacío—. Estás ahí dentro pensando: "¿Dominic Russo hablando de pañales, de jardines y de perros? ¿El mismo hombre que decía que el amor era un invento para vender diamantes?".Me incliné más sobre la cama, entrelazando mis dedos con los suyos, que seguían lánguidos.—Pero te lo digo en serio. No quiero solo un hijo, Cloe. Quiero que nuestra casa esté llena de ruido. Quiero que tengamos tres, o cuatro... los que tú quieras. Quiero ver miniaturas de ti corriendo por el pasillo, con tus ojos miel y es
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