—No digas nada, Dominic... por favor —suplicó ella, aferrándose a mis hombros, pero esta vez no para empujarme, sino para no caerse del mundo.Hacerle el amor en esa cama fue como tratar de recomponer un jarrón roto con las manos desnudas. Cada caricia era una declaración de que Spencer se equivocaba, de que yo no era ese hombre vacío, de que ella era el centro de mi universo. Sentí sus lágrimas mojando mi hombro, lágrimas que no eran de placer, sino de la misma agonía que yo sentía: la agonía de amarnos en un lugar donde el amor estaba prohibido.Nos quedamos unidos mucho tiempo después de terminar, envueltos en el silencio de la habitación que empezaba a oscurecerse con el atardecer. Yo la sostenía con fuerza, con la barbilla apoyada en su cabeza, sintiendo cómo su coraz&oa
Leer más