El sonido de la pornografía de fondo, con sus gemidos coreografiados y música barata, creaba una atmósfera surrealista dentro de la suite. Cassey y yo estábamos desparramadas sobre la colcha de seda, con la bolsa de cotufas entre nosotras, riendo en silencio cada vez que escuchábamos un golpe seco en la madera de la puerta.
—¡Esto es una estupidez, Cloe! ¡Abran ahora mismo! —la voz de Dominic retumbó desde el pasillo, sonando más ronca de lo habitual—. ¡Sabemos que están ahí con esos tipos! ¿Qu