Perspectiva de CloeLa tarde en Isola di Serecchia era un cuadro pintado con colores imposibles. El sol empezaba a bajar, bañando el viñedo en tonos ámbar y púrpura. Desde el porche de la casa, donde me había sentado a observar, la escena parecía sacada de una realidad alternativa.Ahí estaban ellos. Dominic, el hombre que yo había enterrado dos veces en mi mente, el hombre cuya voz solía ser mi fantasma favorito, estaba jugando a las atrapadas con Alessia.Alessia corría como un pequeño torbellino, sus pies descalzos levantando pequeñas nubes de polvo entre las hileras de vides. Dominic, aunque todavía se movía con cautela debido a sus heridas —las cuales, por cierto, se negaba a tratar con la seriedad que yo exigía—, la perseguía con una sonrisa que no le había visto en años. Una sonrisa que no conocía la culpa, ni las armas, ni los secretos de la mafia.—¡Papi, lento! —gritaba Alessia, con su vocecita aguda.—¡No puedo, pequeña guerrera, las Russo son rápidas! —respondía Dominic, ja
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