Ella la había dibujado. Ella había estado viviendo en el sueño de su madre.
Me senté en el suelo, junto a la cuna vacía, y recosté la cabeza contra los barrotes de madera. El diario estaba contra mi corazón, un peso que se sentía extrañamente reconfortante. Me di cuenta de que mi misión no era solo encontrarlas. Mi misión era ganar su perdón. Y si tenía que dedicar el resto de mis días, cada segundo de mi existencia, a demostrarle que merecía volver a formar parte de su vida, lo haría.
Ya no ha