96Al día siguiente, la mansión de los Sebastian estaba más animada de lo habitual. La pequeña campana de la puerta principal sonaba repetidamente a medida que los diseñadores, floristas y proveedores comenzaban a llegar. La sala de estar estaba repleta de catálogos, muestras de tela y tableros de inspiración. En medio de todo aquello, la señora Sonia permanecía sentada con la espalda erguida, luciendo tan entusiasta como un general liderando una gran guerra: una guerra por la felicidad de su hijo y su nuera.—Cariño, siéntate aquí. Empecemos con el vestido, ¿te parece? —dijo la señora Sonia, palmeando el asiento a su lado.Elena se sentó, con los ojos chispeantes. —Mamá, ni siquiera he preparado nada todavía.—¡Déjaselo todo a mamá! —dijo Sonia mientras abría un catálogo de vestidos de novia de sus diseñadores favoritos—. Ahora, sé honesta conmigo, ¿qué tipo de concepto quieres?Sin dudarlo, Elena respondió: —Una boda en el jardín. Pero que sea íntima. No una gran fiesta llena de cel
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