La penumbra de la habitación parecía haber cobrado una textura distinta, más densa y vibrante. El eco de la tormenta exterior golpeaba los cristales de la mansión Greco, pero dentro del refugio de las sábanas desordenadas, el único sonido que importaba era el de dos respiraciones tratando de encontrar su ritmo.Isabella estaba recostada contra la almohada, con el cabello rojizo esparcido como una mancha de fuego sobre la seda blanca. Su cuerpo, aún estremecido por la fiebre y el impacto de lo que acababa de suceder, se sentía ligero y, a la vez, cargado de una conciencia eléctrica.—Esto es una locura, Pablo —susurró ella, con la voz rota y los ojos fijos en el techo—. Si mi padre entra por esa puerta... si Matheo sospecha siquiera un segundo... estamos muertos. Tú lo sabes. Yo lo sé. Es un suicidio.Pablo, cuya piel bronceada contrastaba violentamente con la palidez de ella, se incorporó sobre un codo. Sus ojos oscuros, antes fríos como el cañón de un arma, ahora ardían con una deter
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