— Pablo, ¿por qué no podemos arreglar este asunto entre nosotros? ¿De verdad tengo que hablar con tu…? — **Adrián** frunció el ceño con fastidio, dándose cuenta de lo que acababa de soltar, mientras del altavoz llegaba la carcajada del mayor de los Del Río. — Quería decir, con tu hijo. Basta ya, Pablo, mira que te va a dar otro infarto si sigues riéndote así. No tengo ni tiempo para comer, estoy hasta el cuello con esta licitación y encima tu hijito… ¡Eres un cabrón, Del Río!Colgó, soltó una maldición y volvió a llevarse el teléfono al oído. Llamaban los abogados: nada salía adelante si no había documentos del terreno, y el terreno era, maldita sea, de los Del Río. Tal vez podría hablar con Misha, ver quién en el ministerio podría ayudar… Los documentos aparecerían, claro que aparecerían, con tal de que los admitieran en la licitación.Adrián se fue a la ciudad y regresó bastante tarde, cuando ya empezaba a oscurecer. Subió a su despacho, dejó el portátil sobre el escritorio y, cuand
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