ALBERTO—llegamos, mis tortolos, sigan derecho por esa cueva que se ve oscura, pero a medida que se adentran se va aclarando, es como si tuviera luces automatizadas.— Fabián se quedó sentado en otra roca y les tendió la mano para despedirse. —Igual yo me quedaré aquí a esperarlos; en caso de que no esté, me gritan y yo vendré raudo y veloz, ja, ja, ja.—¿Por allá es el camino? —Alberto, cuestionó incrédulo.—Por supuesto que es el camino, aunque, como dijo el maestro de maestros, “del otro lado nada es como se lo esperan”. —Fabián les estrechó las manos mientras sonreía y se mordía la lengua.—Hasta luego, guía, ojalá que tengamos, aunque sea la mitad de la resistencia de su lengua.— Alberto se despidió entrando en la oscura cueva que, en efecto, a medida que avanzaba, se aclaraba como si estuviesen bajo la luz del sol. Fue seguido por Alberto y Yorbin, quienes también se sorprendían al notar la claridad del lugar que también se ampliaba a medida que lo recorrían.Caminaron durante ho
Leer más