Los focos de los vehículos de escolta de Sebastián cortaban la oscuridad de la noche como un bisturí que desollara el alma de Valentina. Miguel temblaba dentro de la ambulancia, mientras Valentina permanecía de pie sobre el frío asfalto, su aliento formaba un tenue humo en el aire helado de la noche medellinense.Sebastián avanzó paso a paso. Cada golpe de sus zapatos sobre el asfalto sonaba como una campana funeraria. Su rostro, normalmente impasible, ahora parecía destrozado no por la ira, sino por el dolor de un hombre que acababa de ver su mundo derrumbarse por segunda vez."Diez años, Valentina", dijo Sebastián con voz baja, ronca y cargada de veneno. "Diez años viví en el infierno para redimir un error que no era completamente mío. Luego llegaste tú... te di mi alma, te di las llaves de mi imperio, y ¿esta es tu forma de pagármelo? ¿Con sedantes en mi té y una huida en medio de la noche?""¡No me diste tu alma, Sebastián! ¡Me diste una jaula!" gritó Valentina, mientras sus lágri
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