El eco de los gritos aún persistía en los oídos dentro de la mansión, pero el silencio que siguió fue mucho más aterrador.
Valentina seguía sentada en el suelo frío, rodeada de trozos de cristal y fotos del pasado rotas.
La pistola de plata que antes había estado apuntada a Sebastián yacía impotente entre ellos, como una muda testigo de un amor que se parecía más a una maldición.
Valentina intentó regular su respiración jadeante. Sin embargo, de repente un dolor agudo y caliente la atravesó e