Los truenos retumbaban, como si el cielo mismo protestara contra la crueldad que se estaba desarrollando bajo él. Valentina gimió de dolor, su cuerpo se arqueó cuando otra fuerte contracción sacudió su útero. Bajo las luces parpadeantes del muelle y la furia de la tormenta, miró a Sebastián: el hombre al que más odiaba y, al mismo tiempo, el único ser humano en quien podía confiar para proteger la vida de su hijo en ese momento.¡Vale, mírame! ¡Respira! gritó Sebastián por encima del viento. Estaba arrodillado entre las piernas de Valentina, y sus manos, manchadas de sangre, temblaban violentamente. El hombre acostumbrado a controlar los mercados financieros mundiales se sentía, de repente, terriblemente impotente ante el proceso más puro y natural de la vida.Sebastián... el bebé... viene de nalgas... jadeó Valentina, el sudor frío empapando su pálido rostro. Como neurocirujana, sabía que la posición no era la ideal. Tienes que... tienes que girarlo manualmente... o lo perderé.¡
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