El sonido rítmico de la caja negra golpeaba los nervios de Elena como martillazos.
Cada segundo que pasaba parecía extraer el oxígeno del aire. Bajo la luz del amanecer que comenzaba a teñir las agitadas aguas del Caribe, Elena miró a Miguel, paralizado y pálido como un papel.
Hermana... quedan menos de dos minutos susurró Miguel, con la voz temblando violentamente.
Elena no lloraba. Su miedo se había transformado en una fría calma: el instinto de una cirujana acostumbrada a enfrentar situacio