El humo de la fotografía satelital quemada aún danzaba en el aire húmedo de la clínica, dejando un olor químico asfixiante.
Elena permanecía de pie, inmóvil frente a la lámpara de aceite, mirando la ceniza negra que quedaba sobre la mesa de madera.
La frase "Mi luz nunca se apagó" resonaba una y otra vez en su cabeza, como una maldición y, al mismo tiempo, como una promesa aterradora.
Se giró hacia Mateo, que dormía profundamente en un rincón de la habitación.
El bebé no sabía que su padre e