El rugido del motor del viejo autobús sonaba como un canto fúnebre para Valentina. Iba sentada en el último asiento, dejando que su cuerpo se sacudiera violentamente cada vez que las ruedas pasaban por un bache.
En sus brazos, Miguel ya dormía profundamente, agotado por la inmensa carga emocional.
Valentina se miró las manos, que aún temblaban. Allí, en su dedo anular, ya no había anillo: solo quedaba una marca rojiza que le recordaba el vínculo contractual que acababa de reducir su vida a ce