Un frío punzante comenzó a calar hasta los huesos de Valentina, a pesar de que el calor en Cali era abrasador.
Dentro de aquella habitación húmeda y maloliente en la parte alta del edificio, Valentina yacía acurrucada sobre un colchón delgado y sin sábanas.
Su cuerpo temblaba violentamente, aunque su frente ardía como fuego. El estrés prolongado, la deshidratación y el desgaste físico de la huida finalmente habían derribado las defensas inmunológicas de la neurocirujana.
Intentó incorporarse