La noche en Aguablanca nunca es realmente silenciosa.
El sonido de las sirenas policiales a lo lejos se mezcla con los ladridos de perros callejeros, creando una sinfonía de inquietud que late al mismo tiempo que el corazón de Valentina.
Ella sigue sentada en el borde de su colchón, con los dedos aún sobre su vientre, que acaba de darle una señal de vida.
Fue el momento más puro que había sentido desde su huida, pero también el recordatorio más cruel de que cada segundo que pasaba era una ap