Lloré. No solo con lágrimas, sino con sonido, con temblores, con todo mi cuerpo. El tipo de llanto que te desnuda y te deja en carne viva.Mi padre me atrajo hacia él; sus brazos eran fuertes y cálidos, envolviéndome en un escudo silencioso. No dijo nada. Solo me sostuvo, me dio palmaditas en la espalda y susurró cosas que ni siquiera podía oír a través del rugido en mi pecho. Cuanto más intentaba consolarme, más me rompía yo. Y seguí llorando hasta que no quedó nada. Sin lágrimas. Sin palabras. Solo silencio.Me quedé allí sentada, mirando a la nada frente a mí. Con los ojos abiertos, pero sin ver nada. Sintiéndolo todo. Entonces, él habló.—Cualquiera que sea la decisión que tomes... ya eres una adulta. Como te dije, no tengo miedo a morir. Lo único que me asusta es perderte a ti, mi preciosa niña —su voz se quebró un poco, y dolió escuchar eso—. Todo lo que he hecho ha sido siempre por ti. Pienso en ti antes que en cualquier otra cosa. Así que, si quieres tener a este bebé... si
Leer más