Léa se quedó completamente quieta a mi lado, con la boca entreabierta y los ojos abiertos de par en par. Durante un segundo eterno no dijo nada, solo lo recorrió con la mirada como si estuviera catalogando cada centímetro de piel húmeda, cada músculo tenso bajo la luz tenue del pasillo que se colaba por la puerta abierta. Luego, muy despacio, giró la cabeza hacia mí, parpadeó dos veces y soltó una risa baja, ronca, que sonó a puro asombro mezclado con diversión maliciosa.—Joder, Chloe… —murmuró, sin apartar la vista de él—. Ya veo por qué sufrías tanto. Si está buenísimo.Sebastián frunció el ceño, claramente descolocado. La toalla se le movió un poco al dar un paso hacia adelante, y el movimiento hizo que las gotas de agua resbalaran más rápido por su torso. Intentó recuperar algo de compostura, cruzó los brazos sobre el pecho, gesto inútil, porque solo resaltó más los bíceps y los hombros, y carraspeó.—¿Qué coño está pasando aquí? —preguntó, la voz grave, todavía con ese deje de r
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