El penthouse de Alonso ocupaba el último piso de una torre de cristal en Santa Fe, uno de esos espacios donde el lujo se manifestaba en la ausencia de ornamentos innecesarios. Valeria atravesó la sala de estar descalza, dejando que sus pies se hundieran en la alfombra persa mientras las luces de la ciudad parpadeaban treinta pisos más abajo como constelaciones domesticadas.—Deberías quedarte —dijo Alonso desde el ventanal, su silueta recortada contra el paisaje urbano. La camisa blanca colgaba abierta sobre sus hombros, revelando la musculatura definida de alguien que había convertido el gimnasio en santuario personal.Valeria se detuvo junto a la barra de mármol, dejando que la distancia entre ambos se llenara de todas las razones por las que aquello era una pésima idea. La cena de negocios en el restaurante Contramar había terminado tres horas atrás, pero el sabor del tequila añejo tod
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