Capítulo 19. El arte de esperar.
El sol de la tarde caía oblicuo sobre el jardín, tiñendo de oro el césped recién cortado. La brisa arrastraba el perfume de las magnolias, y el canto de las cigarras llenaba los rincones de la casa.Eliot, descalzo y sin prisa, lanzaba una pelota de caucho al otro extremo del jardín. Tarō salió disparado tras ella, con las patas levantando pequeños destellos de polvo, y volvió victorioso con la pelota entre los dientes, la cola ondeando como una bandera.Eliot rio por lo bajo al verlo, una risa tranquila, doméstica, de esas que pocas veces le nacían sin esfuerzo.Se agachó para recibirlo, rascándole detrás de las orejas.—Bien hecho, Tarō —murmuró, mientras el perro lo miraba con devoción absoluta.Por un momento, no existía el trabajo, ni las juntas, ni el peso de los días: solo la calidez del sol, el jadeo alegre del Shiba y la sensación sencilla —y poco frecuente— de estar en paz.El perro ladró suave y le saltó encima, obligando a Eliot a caer sentado sobre el césped. Por primera v
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