Capítulo 17. El huevo del dragón.
El reloj del despacho marcaba las cinco con su tic-tac paciente, casi perdido entre el zumbido del aire acondicionado. Era una tarde de verano, cálida y luminosa; el sol entraba a raudales por los ventanales del piso treinta, tiñendo el mármol del suelo con reflejos dorados.
En la oficina de presidencia, Seiya revisaba los informes del trimestre con la serenidad metódica de quien domina cada cifra. Un vaso de té frío descansaba junto a la computadora, intacto desde hacía horas En el ambiente fl