Capítulo 18. El precio de la obediencia.
La noche fue un infierno. Seiya no pegó los ojos ni un segundo; pasó las horas encerrado en su habitación mientras su mente daba vueltas, buscaba resquicios, salidas imposibles, y ninguna lo convencía. Bebió sake como si en el fondo supiera que la botella podía darle respuestas, hasta que el cansancio lo derrumbó.
Al amanecer, con la cabeza pesada y la garganta seca, lo único que brillaba entre el desorden de copas vacías era un pensamiento, si alguien podía salvarlo del destino impuesto por Ak