Júlia miró aquellos rostros, pensando que, mientras ella agonizaba sola en aquel hospital, en aquella habitación fría, y luego en aquel cementerio silencioso, ellos estaban brindando y celebrando, como si nada hubiera pasado, como si la muerte de su hija fuera solo un detalle insignificante.Apretó la botella en su mano con fuerza, sintiendo todo su cuerpo temblar de rabia y furia, un temblor incontrolable que parecía venir desde lo más profundo de su alma. Entonces, lentamente, la soltó.El sonido del vidrio golpeando el suelo de mármol resonó en la amplia sala, haciendo que los seis se sobresaltaran, con los ojos temblorosos fijos en ella, como si esperaran su sentencia, como acusados aguardando la palabra final de un juez implacable.Leonardo miró a Júlia y vio la misma expresión que ella había tenido antes de desmayarse en el hospital; entonces, de inmediato, la sostuvo, rodeando su cintura con firmeza.Pero ella no se desmayó. Solo se apoyó en él, manteniéndose en pie con evident
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