Grace abrazó a Derek con un nudo en la garganta, sintiendo el peso de su pequeña esperanza.—No te puedo contestar esa pregunta, cielo —susurró ella, acariciando su cabello—. Yo tengo un esposo, y su papá tiene una esposa. Además, Arthur está muy grave ahora. No quiero ilusionarlos mintiendo sobre que un día seremos una familia, pero mientras tanto, pueden acercarse a su papá. Aprovechen el tiempo con él.Los niños asintieron con resignación y se deslizaron fuera de la cama para irse a dormir. Grace se quedó sola en el silencio de la alcoba, sintiendo que su vida era un rompecabezas al que le faltaban piezas clave.Más tarde esa noche, Grace estaba sentada en el estudio, revisando con fatiga los últimos reportes de cifras de San Francisco. La puerta se abrió y Maxwell entró. Su aspecto la sobresaltó: traía el cabello revuelto, la corbata inexistente y la ropa arrugada, como si hubiera salido de una batalla física.—¿Dónde estuviste? —preguntó Grace, dejando la tableta sobre el escrito
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