Dominic se sentó frente a su abogado de confianza: Anthony Lennox, un hombre íntegro, gran amigo de él, de las pocas personas en las que confiaba. —Necesito que abras tres fideicomisos de inmediato —ordenó Dominic, yendo directo al grano. Su voz sonaba cansada, pero decidida—. Uno para Arthur y otros dos para Derek y Doménica Foster.El abogado ajustó sus lentes. Lo miró algo confundido. —Dominik, entiendo lo de Arthur, pero ¿quiénes son los niños Foster? —preguntó mientras tomaba nota—. Y, sobre todo, ¿por qué asignarles fondos de la herencia principal?Dominic se frotó las sienes, sintiendo un pinchazo agudo de dolor que ignoró por pura voluntad.—Derek y Doménica son mis hijos de sangre —reveló, mirando al vacío—. Pero escúchame bien: no voy a reclamar mis derechos legales sobre ellos. No habrá juicios de paternidad ni peleas por el apellido. Se quedarán como están, bajo la protección de Maxwell Foster y Grace Scott.Anthony dejó la pluma sobre la mesa, asombrado.—¿Grace? —inqu
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