La trampa de Verónica comenzó a dar frutos más rápido de lo previsto. Paul y Enzo iniciaron una amistad con una facilidad sospechosa; la tensión inicial se transformó en camaradería y, antes de lo que canta un gallo, Paul le había confiado detalles que jamás solía compartir. Le habló de su poder, de su red de contactos, de su posición como jefe de cartel en Ciudad de Panamá. Lo hizo con sumo orgullo, como quien justifica sus propios pecados para poder dormir por las noches.—¿O sea que tú eres, como dirían en mi país, de las grandes ligas?Paul esbozó una media sonrisa.—Sí, así mismo. No te digo que me enorgullece, pero todo lo que he hecho tiene sus razones y motivos.—No, ni le pares, para ti mis respetos —hizo una exagerada reverencia, teatral, casi burlona.Esa misma tarde, Enzo recibió la visita de una de las abogadas del bufete Fuenmayor. La sala de visitas estaba impregnada de ese olor rancio a desinfectante y metal oxidado. La mujer se sentó frente a él, impecable, calcu
Leer más