El sol de aquella mañana parecía más vivo, más brillante, como si el propio cielo supiera que ese era un día diferente. Después de días encerrado entre paredes blancas, máquinas pitando y silencios interrumpidos por voces técnicas, Ethan Carter finalmente recibiría el alta. La habitación, aún semi oscura, fue invadida por pasos decididos y el sonido de voces conocidas. Amélia entró primero, con los ojos húmedos y un bolso colgado del brazo, como quien llega con el corazón lleno de gratitud. Richard, justo detrás, mantenía su postura elegante de siempre, pero con la mirada de un padre que casi pierde a su hijo.—¿Listo, campeón? —dijo Richard, sonriendo mientras extendía la mano hacia su hijo.—Más que listo —respondió Ethan, con la voz cargada por una mezcla de alivio y ansiedad.Amélia se acercó y besó su frente.—Gracias a Dios —murmuró—. Nos diste un susto que no quiero volver a vivir nunca más, ¿me oyes?Ethan asintió, emocionado. Ya estaba preparado. Había tomado un baño —sí, fin
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