El cielo parecía un espejo cruel para el corazón de Helen aquella mañana, cargado de nubes densas, tan pesadas que amenazaban con desplomarse en lágrimas en cualquier instante. Era como si el universo entero, en su vastedad silenciosa, sintiera la misma angustia que ella.El automóvil avanzó por la carretera sinuosa, venciendo kilómetros que parecían tan largos como la distancia que separaba a Helen de la paz interior que tanto anhelaba. Cada metro recorrido traía recuerdos, dolores antiguos, esperanzas que intentaba acallar sin éxito.James, al volante, le lanzaba miradas discretas, pero no decía nada. Sabía que el silencio era la compañía que Helen necesitaba ahora. Cuando el vehículo se detuvo frente a la vieja casa de sus padres, Helen sintió el pecho oprimirse de manera casi física.El lugar parecía más pequeño de lo que recordaba, más envejecido, y aun así irradiaba algo que ya no encontraba en ningún otro sitio: seguridad.James bajó primero, rodeó el coche con pasos tranquilos
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