Al girar hacia atrás, casi me caigo al ver lo que había producido el sonido que llamó mi atención.Frente a mí, apoyados en sus cuatro patas, había dos enormes lobos negros.Nunca en mi vida había estado frente a un lobo, ni siquiera los había visto en algún zoológico. Solo los había visto en televisión o fotografías por internet, pero ahora, en medio de ese bosque, tenía a dos, de gran tamaño, frente a mí, observándome como si yo fuese su almuerzo.Desde luego que estaba asustada, pero la situación me pareció tan irónica y extraña, que por algún motivo mi reacción no fue la de salir corriendo; además, qué caso tenía. Si lo hacía, era evidente que en tres zancadas los lobos me alcanzarían. Si iba a morir, al menos pensaba hacerlo de frente, sin darle la espalda a esas criaturas.Aguardé, petrificada, a que los lobos se abalanzaran encima mío, con sus enormes bocas abiertas, de grandes dientes amarillos que me clavarían en la carne para desgarrarla. Sería doloroso, pero quizá en solo u
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