El repiqueteo incesante de la lluvia contra el cristal de la pequeña ventana era el único sonido que llenaba el vacío de la habitación, un eco rítmico que parecía acompasarse con el latido desbocado en el pecho de Audrey. Sentada al borde de la cama, sentía que el colchón se hundía bajo un peso que no era solo físico, sino emocional. El lugar, con sus paredes de madera y su aroma a resina y chimenea, era acogedor, pero en ese momento se sentía como una jaula de cristal donde la tensión era casi sólida, una neblina eléctrica que nublaba su juicio.No era la primera vez que compartía una habitación con Alessandro Di Giovanni. Su mente, traicionera, la arrastró cinco años atrás, a aquella noche de tormenta similar donde dos desconocidos, empujados por el azar, se entregaron el uno al otro con una pasión ciega que no entendía de apellidos ni de venganzas. En aquel entonces, ella no era más que una mujer buscando refugio y él, un hombre cuya identidad ignoraba. Pero el destino, con su iron
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