La gala de la Fundación Thomas Miller fue un martes por la noche.No se hizo en el salón principal del hotel. Habría sido demasiado grande, demasiado brillante, demasiado parecido a los eventos donde la forma intenta compensar la falta de verdad. Alice eligió el jardín de Thomas, con luces bajas entre las plantas, mesas largas sin protocolo de asientos y la palmera iluminada desde abajo con esa luz cálida que Eduardo había instalado meses atrás para que no desapareciera del todo en las noches de invierno.Cuarenta y ocho personas.Las doce de la lista de boda, el equipo de la Fundación, las primeras cinco becarias del programa, representantes de los fondos, Katherine Hayes en el centro de todo con esa energía de quien ha construido algo junto a otra persona y sabe exactamente lo que costó, y Martínez, que había aceptado la invitación con la discreción de quien entendía que su presencia en ese jardín tenía más de una capa de significado.Alice llegó sin protocolo de entrada.Eso tambié
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