La noche antes de la boda, Alice no durmió por la razón que habría esperado.El miedo no tenía la cara de Liam. Tampoco llevaba el apellido Walton ni la voz antigua de Margaret diciéndole, sin decirlo, que una mujer como ella siempre debía sentirse agradecida por haber sido invitada a una familia ajena. Lo que la mantenía despierta era algo más difícil de ordenar en una carpeta, algo que no podía blindarse con abogados ni cláusulas: el miedo a ser vista eligiendo.No vista resistiendo. Eso ya sabía hacerlo.Vista deseando.Vista abriendo una puerta que la hacía vulnerable después de haber aprendido a vivir con todas las puertas cerradas por dentro.Max dormía en la cuna con la respiración profunda de sus siete meses y semanas, ajeno al peso de la noche. Alice lo había acostado ella misma, más despacio de lo habitual, como si el ritual de cada día tuviera ahora una capa adicional de sentido. Había revisado la manta, el monitor, la temperatura de la habitación, el pequeño traje de lino c
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