—¡Es que eras un insoportable! —reí, echándome hacia delante—. Yo entré buscando al encargado y lo primero que vi fue a un hombre de espalda ancha, hombros enormes y una camiseta azul marino que parecía a punto de reventar por la presión de sus músculos, enroscando una válvula con una fuerza que, te lo confieso hoy, hizo que se me apretara el estómago de una forma muy extraña. Pero cuando te giraste, abriste esa boca de sabelotodo.—Solo fui realista, preciosa —se defendió Gabriel, con los ojos brillando de diversión—. Te miré y vi a una niñita perdida. Te dije que las visitas guiadas para turistas eran en el museo, no en mi estación.—¡Y yo te mentí con una dignidad digna de un premio Óscar! —exclamé, imitando mi
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