—No voy a dejar que me alejes más —dije, agarrando sus caderas con firmeza para que no pudiera moverse.Apoyé mi palma extendida sobre la redondez de su vientre. Ella se puso rígida, sus manos volaron a las mías para intentar quitarlas, pero yo puse más presión, sin lastimarla, pero dejando claro que no me movería.—Gabriel, suelta... —pidió ella, aunque su voz no tenía fuerza.—No —sentencié.Y entonces, ocurrió. Bajo la palma de mi mano, sentí un movimiento. No fue un golpe seco, fue un giro, una presencia viva y poderosa que parecía reconocer mi mano. Mi corazón dio un vuelco. Era real. No era una cifra en un informe médico, no era un "feto" en una pantalla. Era mi hijo.Me incliné y besé su vientre a través de la tela blanca. Un beso largo, reverente.—Hola, pequeño —susurré contra su piel—. Soy yo. Soy tu padre. Y aunque tu madre crea que no te quiero, aquí estoy. No me voy a ir.Isabella soltó un sollozo desgarrador y sus piernas cedieron. Me senté en el suelo y la atraje hacia
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