Victoria no dejó de correr hasta que la densidad de los árboles ocultó por completo la carretera a sus espaldas.
Las ramas bajas le golpeaban los brazos con brusquedad, las hojas secas crujían bajo el peso de sus pasos y su respiración comenzaba a volverse sumamente irregular debido al esfuerzo. Pero siguió avanzando entre la maleza. Continuó abriéndose paso en la penumbra porque Daniel le había dicho que corriera, y su mente se aferraba a esa única instrucción.
Entonces ocurrió.
Un dispa