La cena había terminado hacía varios minutos. Y aun así, Victoria seguía sentada en el gran comedor principal, frente a un plato de comida prácticamente intacto. La enorme mansión de los Meléndez permanecía tan impecable como siempre, tan silenciosa como siempre y tan ajena como el primer día en que puso un pie en sus terrenos. Victoria observó de forma distraída la superficie pulida de la mesa, las sillas vacías que la rodeaban y las luces cálidas de las lámparas reflejadas con nitidez sobre la madera fina. Durante largas semanas de convivencia forzada, había intentado convencerse a sí misma de que tenía la capacidad de acostumbrarse a la rigidez de aquel lugar. A sus estrictas reglas de etiqueta, a sus pasillos interminables cargados de retratos, a las miradas constantes e inquisitivas del personal administrativo y, por encima de todo, a la imponente presencia de Daniel. Y ahora que Daniel prácticamente había desaparecido por completo de su rutina diaria debido a sus asuntos corp
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