La mañana transcurría tranquila en uno de los gimnasios privados de la mansión. El sonido rítmico y sordo de los guantes golpeando el saco de boxeo resonaba de forma constante en el amplio espacio, mientras Victoria seguía con atención las indicaciones de su entrenador personal. —Mantén la guardia arriba, no la bajes —instruyó el hombre, marcando el compás. Victoria lanzó otro golpe directo, sintiendo el impacto en los nudillos. —Así, mantén el ritmo. —Menos fuerza en el hombro, Victoria. Más rotación en la cadera. Victoria soltó un largo suspiro, deteniéndose un segundo para limpiarse el sudor de la frente. —Es mucho más fácil decirlo que hacerlo, te lo aseguro. A pocos metros de distancia, sentados en unos bancos de piel, Daniel y Lex observaban la sesión con aparente desapego. Ambos sostenían tazas de café humeante entre las manos. Y ambos, a pesar de sus posturas relajadas, ponían mucha más atención en aquella clase de la que estaban dispuestos a admitir en voz a
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