El silencio se extendió por todo el gimnasio, denso y aplastante, apagando el eco lejano de los guantes contra los sacos. En mitad del pasillo, las miradas de Daniel y Victoria se cruzaron en un pulso mudo; la de él, gélida y analítica; la de ella, atrapada pero peligrosamente obstinada. Y, contra toda lógica corporativa o sentido de supervivencia, Victoria decidió aferrarse con uñas y dientes al único argumento mermado que todavía le quedaba. —Sí estábamos en el baño —sostuvo, levantando el mentón. Al escuchar el descaro de la mentira, el hermano de Julián cerró los ojos con fuerza, resignado a su suerte. Julián, por su parte, desvió la mirada fijamente hacia el techo, como si encontrara las vigas del gimnasio sumamente interesantes, mientras que Berenice contempló muy seriamente la posibilidad de fingir un desmayo en mitad de la alfombra para ahorrarse el resto de la escena. Daniel permaneció completamente inmóvil durante unos segundos eternos, procesando el despliegue de te
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