Cuando Daniel y Victoria entraron al comedor de la residencia, Adele ya los esperaba de pie junto a la mesa, impecable y atenta a cada detalle. Apenas los vio aparecer cruzando el umbral juntos, compartiendo el mismo espacio sin la rigidez de los días anteriores, sus ojos se iluminaron con una chispa de inmediata satisfacción.
—¡Miren nada más! —exclamó la anciana, sin poder contener la alegría en su voz.
Victoria, sintiendo el peso de la insinuación, bajó la mirada inmediatamente hacia el