María mantenía la mirada fija en las niñas mientras movían las piezas del ajedrez con esa seguridad impropia de su edad. Sus manos temblaron levemente y las llevó hasta su pecho como si necesitara asegurarse de que su corazón seguía latiendo con normalidad, aunque la verdad era que latía demasiado rápido. —Esto no puede estar pasando”, murmuró casi sin voz, apenas un hilo de aire escapando entre sus labios, “no después de tantos años… no ahora. Abigail levantó la vista y preguntó con inocencia. —¿Nana, te sientes mal? —, y María forzó una sonrisa, una de esas sonrisas que no alcanzan los ojos. —Estoy bien, pequeña, solo… el viento de la isla me dio un poco de frío. Amalia observó a su nana con más atención que su hermana, como si percibiera algo más allá de las palabras, y dijo en voz baja. —No es el viento, ¿verdad? — María tragó saliva. —Concéntrate en la partida, mi amor, tu caballo está en peligro. Abigail rió. —Mi caballo siempre sobrevive — y movió la pieza con
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