La habitación estaba en silencio. Un silencio tranquilo, pesado, casi como si el aire mismo estuviera tratando de no perturbar la calma que reinaba en aquel espacio amplio del pent-house. Las cortinas estaban medio cerradas, dejando pasar apenas algunos rayos suaves de la tarde que dibujaban líneas doradas sobre el suelo de madera. Sobre la cama, Helen estaba recostada. Una manta clara cubría su cuerpo hasta los hombros. Su cabello rojizo se extendía sobre la almohada como un pequeño incendio apagado, y sus ojos estaban cerrados. Parecía dormida. Pero no lo estaba. En realidad, su mente estaba despierta, demasiado despierta. El ardor en la zona de la quemadura seguía presente, aunque el ungüento frío que había aplicado hacía un rato ayudaba a aliviar un poco la molestia. Aun así, la marca seguía allí. Una línea rojiza sobre su piel clara. Un recordatorio. Un recordatorio incómodo. Helen suspiró suavemente. Y en ese momento. La puerta de la habitación se abrió.El sonido fue t
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