Romano me cogió del brazo y volvimos a entrar. Conocía bien estas fiestas, pero hasta ahora había acudido como su asistente. En esta ocasión era su esposa y todo era igual, pero diametralmente opuesto. Había pasado de ser un elemento que pasaba desapercibido, recogía tarjetas y gestionaba citas, a ser juzgada por cualquier movimiento. El comienzo de la fiesta no había ayudado en nada. Las mujeres hablaban a mis espaldas, los hombres mantenían las distancias, pero mi opinión parecía haber perdido peso. Julia e Isabella se acercaron nuevamente en un momento en que estaba justo a punto de quebrarme. —¿Cuántas copas más has tomado? —me preguntó Isabella. No llevaba tantas. Después de entrar, sí me había tomado una de golpe y no había tomado nada de comida, pero en realidad no creía haber cogido tantas copas. —La primera no cuenta. La tiré al suelo, pero… creo que es la tercera. ¿Y tú por qué tienes una copa en la mano? Me percaté de la copa en la mano de Isabella; aunque llena, no m
Leer más