La Ciudad de México despertaba bajo un sol inclemente que prometía convertir el día en un horno, y Eva observaba las calles desde la ventana del penthouse con la sensación de estar contemplando un mundo que ya no le pertenecía, un escenario donde había interpretado el papel equivocado durante demasiado tiempo.El café que sostenía entre las manos se había enfriado hacía veinte minutos, pero ella no lo había notado. No había notado tampoco el momento en que Damián había entrado en la sala, descalzo y en mangas de camisa, con la mirada fija en su espalda como si pudiera atravesarla con la pura fuerza de su voluntad.—Necesitamos hablar —dijo él finalmente, y su voz sonaba diferente. Despojada de esa arrogancia calculada que solía usar como armadura. Simplemente cansada. Humana.Eva no se volvió. Siguió observando la ciudad que s
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