El departamento de Valentina olía a café recién hecho y a la colonia floral que su hermana usaba desde la adolescencia. Eva depositó la pequeña maleta junto a la puerta del cuarto de huéspedes, observando el espacio que sería su refugio temporal: paredes color marfil, una cama individual con edredón gris, un escritorio minimalista bajo la ventana que daba a las calles de Polanco.Refugio precario, pensó mientras sus dedos rozaban la superficie fría del cristal. Porque eso era exactamente lo que había hecho: huir.—¿Segura que no quieres que te prepare algo de comer? —la voz de Valentina llegó desde la cocina, cargada con esa preocupación maternal que siempre había ejercido sobre ella, incluso cuando Eva era quien debía protegerla.—Solo quiero descansar.Mentira. Lo que quería era desaparecer dentro de sí misma ha
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