El infierno no necesita fuego. Solo necesita un reloj que cuenta hacia tu muerte y personas que amas atrapadas contigo.El panel de acero reforzado se había cerrado con un sonido definitivo, ese tipo de clic mecánico que comunica irreversibilidad. Eva observó el espacio que ahora constituía su mundo: tres metros por cuatro, paredes de concreto reforzado con placas de acero, un solo respiradero con filtros industriales que zumbaban suavemente. La sala de pánico que Héctor Villalobos había construido para proteger a su familia ahora funcionaba como su tumba perfecta.Victoria permanecía de pie junto a la puerta sellada, con las manos presionadas contra el metal frío como si pudiera empujarlo de regreso a su posición abierta. Tenía diez años, pero en ese momento parecía mucho más pequeña. Mateo, de dieciséis, revisaba metódicamente cada esquina de la habi
Leer más