Miguel y Miriam entraron a la oficina tomados de la mano, con una cercanía que no necesitaba explicación. Una sonrisa pícara se dibujaba en el rostro de él, mientras Miriam caminaba a su lado con las mejillas ligeramente sonrojadas, evitando mirarlo directamente, consciente de la intensidad con la que Miguel no dejaba de observarla.—Vamos, amor, piénsalo —murmuró él inclinándose hacia su oído, dejando que su voz baja y provocadora rozara su piel—. Sería excitante follarte en tu escritorio, hacerte gemir y verte perder el control justo donde trabajas, que cada vez que te sientes ahí recuerdes exactamente lo que hicimos.Miriam lo miró con vergüenza, pero sin poder ocultar del todo la sonrisa que amenazaba con aparecer.—No seas depravado, Miguel.Él no soltó su cintura, al contrario, la acercó un poco más hacia su cuerpo, disfrutando de su reacción.—No soy depravado, solo deseo a mi mujer, y quiero cumplir todas mis fantasías contigo… y créeme, no son pocas.Miriam negó suavemente co
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